En muchas ciudades, la línea entre la estabilidad y el desplazamiento se ha vuelto muy delgada. El aumento de los alquileres, la escasez de vivienda asequible y unos sistemas de apoyo frágiles empujan a algunas personas a buscar refugio donde sea posible. Para una pareja y su perro, ese refugio parece ser el interior hueco de una gran tubería de drenaje de concreto. No fue elegida por comodidad, sino por supervivencia.
Desde fuera, la tubería parece material de construcción abandonado. Dentro, surge otra historia: un colchón apoyado contra la pared curva, pertenencias colocadas con cuidado y pequeños objetos que sugieren una rutina diaria. El espacio estrecho ofrece solo una protección parcial contra el viento y la lluvia. Aun así, ante la ausencia de una vivienda tradicional, incluso un refugio mínimo se vuelve valioso: un lugar para descansar, reorganizarse y resistir.
Su perro aporta un ancla emocional. Las mascotas suelen brindar compañía, estructura y propósito durante la inestabilidad. Cuidar de otro ser vivo puede preservar la dignidad cuando las circunstancias son inciertas. Vivir en estas condiciones conlleva desafíos constantes: poca privacidad, acceso limitado al agua y al saneamiento, y exposición a inundaciones, frío o calor. Lo que parece temporal puede convertirse en una realidad frágil y prolongada.
Esta escena refleja una verdad más amplia sobre la inseguridad habitacional. La falta de vivienda suele ser consecuencia de presiones económicas, costos médicos, pérdida de empleo, rupturas familiares o vacíos en el apoyo público, no de falta de esfuerzo. Sin embargo, la resiliencia es visible: organizar un espacio pequeño, mantener la pareja, cuidar de una mascota y sostener rutinas diarias. La vivienda representa seguridad y la posibilidad de planificar el futuro. Detrás de cada refugio improvisado hay una historia humana, que recuerda que las soluciones duraderas requieren apoyo comunitario, vivienda asequible, servicios y el reconocimiento de la dignidad.