Mi mamá encontró este objeto en el cajón de mi papá… ¿es esto lo que temo? 👇

Mi madre lo encontró por accidente.

No estaba husmeando —al menos, no al principio—. Buscaba unos papeles, algo ordinario, algo que pudiera explicar las recientes ausencias y el comportamiento extraño de mi padre. En su lugar, abrió un cajón que nunca había tocado antes y encontró un objeto que la inquietó de inmediato. En cuanto lo vio, emergió un miedo familiar, uno que había cargado en silencio durante años sin llegar a ponerle nombre.

Nunca se había dicho nada en voz alta.

No hubo acusaciones, ni denuncias, ni confrontaciones. Solo pequeñas observaciones que nunca terminaban de encajar: la forma en que mi padre se retraía al manejar sus “cosas”, cómo se le iba el color del rostro, su postura encorvada, como si solo estuviera a medias allí, como alguien que permanecía presente únicamente porque un ritual así lo exigía.

La caja siempre había estado allí.

Cerrada con llave. Escondida en un cuarto de almacenamiento que casi no usaba. Nadie preguntó jamás qué había dentro. Ni yo. Ni mi madre. Incluso ella —su esposa— había aprendido hacía tiempo a no cruzar ciertos límites. Pero ese día algo era distinto. La curiosidad venció al miedo silencioso con el que había aprendido a convivir.

El día anterior había revisado su oficina.

No había documentos. Ni dinero. Nada que explicara adónde había ido o por qué se había vuelto tan distante. Solo el mismo objeto, cuidadosamente envuelto y colocado donde se guardan las cosas importantes. Esa ausencia —de explicaciones, de normalidad— la inquietó más que el objeto en sí.

Cuando por fin lo sacó del cajón, comprendió lo extraño que era.

Medía casi treinta centímetros de alto, era liso al tacto, y su superficie estaba grabada con patrones intrincados y repetitivos que no parecían decorativos, sino deliberados. En la parte superior había proyecciones delgadas y articuladas —como antenas o extremidades con articulaciones— dispuestas con una precisión inquietante. No se parecía a nada conocido. No era una herramienta. No era un adorno. No era algo destinado a entenderse de un vistazo.

Nadie pudo explicar para qué servía.

Cuando me lo entregó, lo sentí de inmediato.

Un peso —no solo físico, sino emocional—. En el momento en que mis dedos se cerraron alrededor de él, algo cambió. Afloraron recuerdos que no parecían recuerdos: fragmentos, sensaciones, impresiones que no me pertenecían y, aun así, se sentían inquietantemente cercanas. El pecho se me oprimió. La cabeza me zumbaba, como si algo hubiera sido despertado.

No podía distinguir si estaba recordando algo real o imaginando aquello que siempre había temido.

Miré a mi madre y ella me devolvió la mirada sin decir una palabra. Ambas comprendimos que, fuera lo que fuera ese objeto, no era solo algo que mi padre poseía. Era algo que llevaba consigo; algo que lo moldeaba, lo drenaba, quizá incluso lo definía.

El cajón volvió a cerrarse.

La caja quedó bajo llave.

Pero el miedo no regresó a su lugar.

Porque una vez que algo oculto es visto, nunca puede dejar de serlo del todo.

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